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Manuel Lombo y Carmen de la Jara desde el Gran Teatro Falla de Cádiz para Flamenco en Red.

09/05/2011

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Lombo, un cantaor con disfraz de rapsoda.

 

Antes incluso de salir a escena ya tenía Manolo Lombo metido al público -sobre todo al femenino- en el bolsillo. "¡Eres un maniquí!" le chillaba, desde el -casi lleno- patio de butacas del Gran Teatro Falla de Cádiz, alguna de sus seguidoras en el concierto que ofrecía el 6 de mayo dentro del programa 'Flamenco viene del Sur', de la Agencia Andaluza del Flamenco. Buena planta, saber estar en el escenario, una pataíta furtiva en los palos festeros, aires de Armani prendidos en los ojales de su traje, pañolito al cuello y un flequillo de medio lado que apenas deja ver su cara son sólo algunos de los ingredientes que Lombo sabe mezclar en el escenario, además del cante.

 

Inauguró la noche el cantaor sevillano con una malagueña disfrazada de granaína que remató con cantes abandolados, en los que trenzó una muestra de los cantes de la Trini. Le siguió una soleá en la que hubo más variedad estilística que jondura y en la que su guitarrista, Ricardo Rivera, comenzaba ya a dar buena cuenta de su evolucionada forma de entender el toque. Después llegó "el tiento" que siguió de numerosas letras por tangos en las que hubo de todo; Niña de los Peines, cantes de boda y una amplia selección de tangos de Granada recogidos seguramente del recopilatorio "Graná baila por tangos" (con tangos de Íllora, tangos de la Vega y tangos de la Morería, entre otros). Dilató sus tangos con una bulería por soleá llevada a los altares de los cuatro tiempos... "Porqué me quedé prendía, en el negro de tus ojos. Tú quisiste que bailara, a tu aire y a tu antojo..." para terminar con tangos de Málaga, con patada incluída. En su meridiano se metió en el berenjenal de la siguiriya. Una vez allí, a pesar de su excelente dicción, su corrección y afinación no logró el desgarro que el palo pedía. Se llevó, sin embargo, el sentido aplauso del público su acompañante a la guitarra, Rivera, en mitad del cante. Para terminar, escogió una bulería engalanada de cuplés. Su punto fuerte:  "Aquella tarde Sevilla...", para rematar la faena. Salió con valentía fuera de micro y se dejó llevar por su arte que le condujo hasta el mundo de la copla. Después de 'Capote de grana y oro', el teatro se venía abajo para despedir a Lombo;  un cantaor que llega al gran público, que sabe dramatizar desde que entra hasta que sale del escenario. Su plasticidad y su simpatía son cómplices de este artista, un cantaor sevillano que en la noche gaditana quiso disfrazarse de rapsoda para convertir su cante en poema.

 

Seguidamente salió a escena Carmen de la Jara, experimentada cantaora de la tierra, acompañada por un brillante elenco compuesto por la guitarra de José Alba y las palmas de Diego Montoya y Pedro de Chana. Abrió su turno por alegrías, como cabía esperar, pero con textos de Javier Osuna, para estos "nuevos cantes" que llamó "de las Américas", consagrados a los actos del Bicentenario de la Constitución de 1812. Aclamada por sus paisanos, De la Jara siguió por colombianas para dar paso a la siguiriya en la que su voz, a punto de romperse, no fue obstáculo para que transmitiera su sentir. Los tangos le sirvieron para ir visitando cada plaza de su Cádiz natal y de paso rendir tributo a las fuentes de las que ha bebido... Y es que el recuerdo de La Perla, Chano Lobato y el más universal de los de la isla, Camarón, surcó el escenario durante toda su actuación. Luego llegaron los fandangos y las bulerías, en las que la cantaora quiso comenzar viajando al otro lado del Atlántico para traer desde La Habana a su "Manisero" más flamenco. Siguió con un pequeño guiño a las nuevas generaciones, con una pincelada de Niña Pastori, a la que dio un toque naif con "al pasar la barca, me dijo el barquero", por bulerías... Remató este último cante con jaleos extremeños y dedicatoria expresa a Camarón con la bulería de la negra: "Machaca machaca que machaca mechero, que tú eres de la Habana, que yo soy habanero".

 

Satisfecho, el público se marchó del Falla dejando en el ambiente cierto aroma a arte. Ese arte que se vive al otro lado de las tablas, ése que sólo se aprende en los rincones de una ciudad en la que el Arte sale cada día a la calle a pasear vestido de pueblo.

Texto: Mónika Bellido.

Fotografía: Jesús Heredia Luque.


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