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La Farruca desde el Teatro Central de Sevilla en Flamenco en Red.

24/05/2011

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“LA FARRUCA”

Teatro Central de Sevilla, 17 de mayo de 2011.

 

Desde los primeros movimientos en el escenario uno tiene la infundada, aunque vehemente sospecha, de que va a asistir a un espectáculo completo, total, concebido desde la prístina verdad de los que tienen mucho que contar y poco para entretener. Esta era la predisposición del público que abarrota la sala y que a uno, o bien se le contagia, o bien le reconcilia con sus sospechas que se tornan pronto en certidumbres. Y es que la presencia imponente de La Farruca se apodera incondicionalmente de la atención del público en la misma medida en que toma posesión del proscenio como el territorio propio de su discurso. El resultado del espectáculo viene a ser, sin miedo a resultar petulante, lo más parecido a una genuina experiencia estética. Todo porque desde principio a final no hay más dramaturgia que el incontestable discurso de quien no conoce más que la verdad y la entrega para expresar lo poco o mucho que tiene que decir y sentir. Y es que la cuestión cuantitativa resulta irrelevante cuando se impone la autenticidad por mor de una total ausencia de amaneramientos pretenciosos, de formas prescindibles, o de recursos gratuitos. Es tan simple como que lo estético adquiere categoría ética cuando el discurso y el contenido son la verdad que se siente, se cree y se transmite.

 

A estas luces, cualquier intento de explicar la función desde los palos o partes que se interpretan como si fueran articulaciones de un movimiento orgánico, sería quedarse en la apariencia. Lo que destaca ante los sentidos y ante la sensibilidad del espectador, más que las partes, es un estilo con identidad definida, es una manera de vivir e interpretar el flamenco que desborda las partes e iguala la función en tanto que dota de identidad cualquier intento de articulación.  El patriarca Farruco está presente, revivido en su hija La Farruca y en su nieto El Carpeta. Por encima de una manera de bailar con predominio del braceo y el movimiento de caderas, tradicionalmente atribuido a lo femenino; o una preponderancia del zapateado como forma de percusión con marcado carácter masculino por la fuerza requerida, por encima de ello al espectador le arrebata la personalidad creadora que Farruco supo imprimir en toda su casta y por la que ésta es reconocible a los ojos del más lego en la materia. Más allá de esto, la sencilla complejidad del espectáculo radica en que esta identidad tan claramente percibida se consigue explicar a sí misma en una suerte de tributo de gratitud a los artistas que han alimentado el estilo de la casa de los farrucos en su proceso de creación. En este sentido quizá haya cierta ingenuidad por cuanto la evidencia hace innecesaria las imágenes proyectadas. Dicho de otra forma, el sentido del homenaje a las grandes figuras de las que se alimentó la personalísima forma de interpretar el baile de los farrucos parte de un reconocimiento generoso que se explica en su misma ejecución. La elegancia de Rafael El negro, los brazos y caderas de Matilde Coral, el nervio arrebatador de Carmen Amaya, la pasión y drama de Manolo Caracol y Lola Flores quedan retratados como afluentes que desembocan en el personalísimo y original estilo de Farruco que crece en la misma medida que le aportan sus tributarios. El espectador reconoce el inconfundible estilo de los farrucos en la misma medida que descubre cómo y desde dónde se ha creado.

 

Si la entrega, la honestidad y la transparencia son las claves del éxito de La Farruca, por lo mismo, justo es decir que el elenco que la acompaña participa de los mismos valores artísticos y humanos para elevar a grande este espectáculo. Un Joselito de Lebrija, José Valencia, que no para de crecer, que sorprende emocionando cuando parecía imposible cantar mejor y con más sentimiento, nos dejó unas seguiriyas y una taranta de ensueño. No se puede cantar más entregado al baile a la vez que con más personalidad y pundonor. Pedro El Granaíno elevó a tragedia creadora la sublimación de la pena por una reciente pérdida familiar que, en verdadero estado de gracia, nos sobrecogió en la zambra caracolera, nos transportó en el duelo por martinetes y seguiriyas al borde del abismo en el que la vida parece perder el sentido de lo temporal ante la eternidad de la creación artística. Un Juan Requena que, él solito y a modo de maestro de orquesta, dio una lección del acompañamiento sobrado de oficio, marcando al cuadro el soporte discursivo del compás de la forma más efectiva, discreta, abnegada y necesaria al lucimiento.

 

Un espectáculo en el que nada sobra, en el que se prescinde de concesiones a lo fácil, en el que no hay más verdad que la autenticidad de lo que se quiere y se puede expresar; la austera escenografía y el aparente atrevimiento del vestuario cobran sentido escénico por cuanto resultan elementos incardinados e indisolubles de la dramaturgia: ¿Quién puede vestirse así para bailar si no es farruco?

Antonio Torres Barranco

 

Fotografía: Jesús Heredia Luque.


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