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Campus Rock en la Universidad de Cádiz: Tannhäuser + Úrsula + Blacanova.

05/04/2010

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JUEVES DE DOLORES

La Escuela Granadina y la Escuela Sevillana… Me explico: La capital andaluza siempre está presente en cualquier manifestación cultural o económica de nuestra tierra, situándose, a menudo, frente a otro polo creativo o de poder. Así, Sevilla ha competido tradicionalmente con Málaga (feria, capitalidad, economía), Córdoba (Catedral, protagonismo histórico) o Cádiz (flamencología, monopolio del gracejo) como suelen hacer las capitales de cualquier territorio político para reforzar su condición de tales, para que no se ponga en duda dónde está el centro de ese poder, de esa economía, de esa cultura.

Las disputas con Granada, una tierra tan diferente a la sevillana, alcanzaron quizá su culmen con la imaginería procesional. Hoy en día siguen representando posturas enfrentadas, dando continuidad a un permanente y clásico debate estético, tan encantador como peregrino. La exuberancia sevillana choca con la sobriedad de la auténtica Andalucía de interior, etc, etc.

Pues bien, resulta que en el ámbito de esa música pop que eclosionó en los 90 de la mano de Australian Blonde, Family o Surfin’ Bichos, de no ser por Granada (no voy a poner ejemplos, que no hace falta) nos habría dejado a los andaluces contando más bien poco (Chinarro y poco más). Ya saben de lo que hablo: del hecho de ser indie; de querer serlo o de sentirse, que tanto da.

Por suerte, hace un tiempo que la capital andaluza disfruta de cierto movimiento. Gracias a iniciativas como la Plataforma Sevilla Sound o la nutrición musical que la Sala Fun Club lleva años proporcionando, la creación en la capital ha tomado forma y, diría, identidad.

¿No es curioso que la brumosidad que nunca caracterizó a esa ciudad sea la seña de identidad de muchos de sus grupos? Hablo de Tannhauser y de Blacanova, sí, pero también de Salieri y Baltic Sea. O del intimismo de asimilados como Marina Gallardo o Úrsula. Se diría que hay una generación hastiada de esa exuberancia de la que hablábamos, del exceso, del barroquismo y los sentimientos exaltados tan característicos de Sevilla. Un numeroso grupo, por otra parte, que seguro quiere desmarcarse –es lo que toca si tomamos en consideración la teoría del péndulo- de ciertas tradiciones y tópicos fuertemente arraigados en la capital.

No por casualidad, y si no me fallan las cuentas, cuatro grupos sevillanos militan en el sello Foehn. Y a éste quiso la Universidad de Cádiz dedicar la noche del Campus Rock del pasado jueves 25 de marzo con la presencia de Tannhauser, Úrsula y Blacanova.

Úrsula, que actuaron en segundo lugar, destacaron sobre sus compañeros de reparto por muchos motivos. El primero es que, más allá de que su música de canciones climalit seduzca más o menos, el dúo está en posesión del impagable tesoro de la identidad propia, de la personalidad. Con su nuevo trabajo, “Mejor seguir al silencio”, es mejor, aún así, no hablar del concepto canción, ya que cualquier mente con estructura neoclásica se puede perder (e, incluso, mosquear) entre el marasmo de texturas, sonidos y sensaciones que, como orfebres de la electrónica, juegan a crear David Cordero y Juan Luis Castro. Convendría abrir el cajón de las etiquetas, despegar del lomo de Úrsula aquella que reza “Pop-Rock-Electrónico-Experimental” y rotular, sencillamente “Música Contemporánea Experimental”. Así, nadie podría llamarse a engaño. 

Antes, Tannhauser habían abierto la noche con un equilibrado alarde instrumental, muy técnico, pero no insultantemente técnico, gracias a unas progresiones de acordes sutilmente pegadizas que, al igual que en el disco, encontraron su mayor gloria cuando los músicos hicieron bailar su querencia por el kraut y el post rock con coordenadas más pop, fuertemente deudoras de los paisajes sónicos de Yo la Tengo, como sucedió en “Arkanoid”, “Temporal” o la propia “Tannhauser”.

Al comenzar estas líneas, hemos hablado de ciertos paralelismos, de cómo late en Sevilla un colectivo de músicos jóvenes que, entre otras cosas, parece optar por la discreción y la sobriedad en contraposición a la tradición estética de la zona.

En principio, Blacanova andan en ese mismo punto, pero su directo se pudo calificar de cualquier cosa menos, justamente, de sobrio. No conozco la Semana Santa sevillana, pero en Cádiz sucedió algo significativo hace unos años: una de las hermandades más populares decidió prescindir de una banda de música que, aunque contaba con el favor del público, acaparaba demasiado protagonismo con respecto al verdadero núcleo de la celebración religiosa. Es decir, había un envoltorio avasallador que distraía de lo principal. En este sentido, me dio la sensación de que un capillita desaforado y la borrachera de decibelios emitida por Blacanova venían a ser la misma cosa. Un exceso fuera de lugar. Un delirio sónico. Uno no sabe muy bien si responsabilizar al técnico de sonido –componente de Baltic Sea- o al propio grupo, por perder el control de su propia música, embarcados ambos en el, cuanto menos discutible, propósito de armar más jaleo que los mismísimos My Bloody Valentine. Eso, ante un auditorio de un centenar corto de personas y en un escenario como el de La Bomba sólo se puede calificar, siendo muy benévolos, de improcedente.

Mal menor éste en todo caso, porque lo que hay que extraer de la noche Foehn es que en Andalucía se ha consolidado no sólo la inquietud, sino la producción, aunque nunca se debe olvidar una cosa. A veces, las mejores intenciones no es que no sean suficientes, sino que sobran o, como mínimo, conviene mezclarlas con un poquito de instinto, naturalidad y colmillo afilado.

ISAAC LOBATÓN.


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